26 de Agosto.
A pocos días y aún menos noches para volver, os dejo con un haiku con el que algo me identifico:
君行くや
柳緑に
道長し
kimi yuku ya
yanagi midori ni
michi nagashi
Te marchas tú.
Entre los verdes sauces,
qué largo el camino.
Yosa Buson
君行くや
柳緑に
道長し
kimi yuku ya
yanagi midori ni
michi nagashi
Te marchas tú.
Entre los verdes sauces,
qué largo el camino.
Yosa Buson
Me he despertado ésta mañana, como todas las mañanas, y retumbaban en mi cabeza las palabras de mi jefe el día anterior: Nana, mañana puedes tomarte el día libre.
"Menos mal", he pensado. El dolor de mis pies agradecía el favor. Si hay algo que no me gusta de integrarme en la sociedad japonesa es tener que trabajar como uno de ellos. Después de la jornada de 15 horas (sin bromear) de el día anterior, un descansito al fin nunca viene de más.
Estaba empapada en sudor, así que me he levantado para abrir aún más las cortinas y dejar pasar el aire. El aire caliente. He mirado el reloj para darme cuenta de que no lo llevaba, pues me lo quité antes de acostarme. "Deben de ser las once o así", he pensado.
Acercándome al ordenador y meneando el ratón para que volviese a iluminarse el monitor (pues jamás lo apago), he mirado el pequeño relojito de la esquina de la pantalla: las 14:23.
"Vamos, casi lo mismo que me había pensado." Ahora comprendía por qué ése dolor sutil que recorría todos mis músculos de cansancio la noche anterior había desaparecido casi por completo; mi cuerpo se había tomado la libertad de dormir lo que hiciera falta para recuperarse. Bueno, al fin y al cabo en un día de fiesta, una se lo puede permitir... ¿no?.
Algo que suelo preguntarme al subir al último tren para volver a casa mientras siento ése dolorcito comentado antes, es si habrá alguien en ése andén más cansado que yo. Ayer miré a la gente a mi alrededor: Era sábado, nadie llevaba traje; costaba adivinar quién venía de trabajar.
Al entrar al vagón miré al único asiento libre. ¿Después del día que he tenido, sería yo la persona más indicada para sentarse? ¿O acaso habría alguien que haya trabajado más horas y desde más pronto?
Después de vestirme ésta mañana (o debería decir tarde), he mirado la nevera para contemplar ésa escasez que la caracteriza tanto. "Bueno, mejor vamos a comer fuera..." Me he puesto lo primero que encontrado y he recorrido el pasillo de mi dormitorio hasta las escaleras.
Todos menos yo tenían la puertas de sus habitaciones abiertas de par en par para dejar correr el aire, y me saludaban desde éstas mientras pasaba por al lado. ¿Era yo la única algo recelosa de dejar que todo el mundo me observase mientras tecleaba en mi ordenador?
Veintiséis pasos es lo que he tardado en llegar al restaurante de al lado de mi casa.
Mientras caminaba oía el zumbar de los insectos al sol. Ése zumbidito que se oye todas las noches de verano en el campo, pero que era perfectamente audible a la luz del día. Al fondo de la ancha carretera de mi casa he mirado el puente que cruza el río; lo observaba aturdida a través de ése espejismo ondulado del calor. El cartel con el nombre de la calle decía todo: Heiwabashi; el puente de la paz.
El aire acondicionado del local ha sido como el elixir de la vida para mi piel. Me he sentado en el asiento de siempre, y la camarera de siempre me ha sonreído como siempre y me ha dado las instrucciones de siempre; como si no las conociese ya.
Sin embargo siempre me aventuro a pedir algo distinto, por eso de no caer en la rutina en todos lo aspectos. Ya que la sombra de la rutina está ahí la queramos o no, al menos habrá que intentar paliarla con algo de variedad de vez en cuando, aunque sea en los alimentos.
Entonces me he dedicado a mirar a la gente de mi alrededor:
Una pareja de mediana edad conversaba sobre trabajo. ¿Serían un matrimonio o sólo amigos? Quizá compañeros de oficina... pero en Domingo y vestidos de calle, no lo parecían. Además, "el puente de la paz" Era una carretera ancha llena de casitas y tiendas 24 horas, con restaurantes para viajeros de ésos que tienen el cartel iluminado en lo alto en un poste altísimo, con el aparcamiento al aire libre justo delante. El paisaje me recordaba sin duda a una carretera nacional americana de ésas que salían en las películas.
Y si algo escaseaba en Heiwabashi eran oficinas.
Definitivamente no, no eran compañeros de trabajo.
Había también una pareja de chicas jóvenes. Una de ellas, delgada como un fideo y con un translúcido vestido de flores rojas, se zampaba con alegría una gigantesca pizza de pepperoni y chorizo y una coca-cola de medio litro. Daba la sensación de que su presencia quería respirar el aire de todo el local. Su frenética y animada forma de hablar le hacía brillar como una estrella.
Sin embargo su amiga, enfrente de ella, la escuchaba silenciosa. Asentía la cabeza con la espalda algo encorvada. Su ropa sencilla, irónicamente, gritaba que quería pasar desapercibida. Podía leer con claridad en su frente un “no me mires”. Algo regordeta y no demasiado agraciada, tenía una aura vacía y oscura a su alrededor. Se comía una minúscula y transparente sopa de cebolla acompañada de un pequeño vaso de agua.
En un momento en que nuestras miradas se encontraron, le lancé inconscientemente una sonrisa de complicidad. Abrió los ojos como platos como si me hubiese leído el pensamiento. “¿Qué injusta es la vida, eh?”, quise lanzarle con mi mirada.
Luego vi a un hombre con una pequeña, que se ponía de pie sobre la trona para niños para mirar la carta que su padre leía con interés. Pulsaron el botón para llamar a la camarera, y el padre dijo:
- Un menú B y un menú para niños.
La niña frunció el ceño y ladeó su pequeña cabecita.
- Papa, yo no quiero el menú de niños.
¡Bendita infancia! En que nuestros pequeños cuerpecitos soñaban con ser adultos un día, pensando que el mundo sería más amplio y hermoso visto desde la altura de la mirada de nuestros padres. Pero lo que acabamos descubriendo es que, a más altos y grandes nosotros, a más elevada nuestra visión del mundo, éste, como por arte de magia, se empieza a encoger más y más. Recuerdo que pensaba de pequeña que quería ser mayor para ser libre, ¿Pero acaso existe libertad mayor en la vida que la que se tiene de niño?
Doy gracias que un día me negué a seguir creciendo; al menos en mi mente, pues en cuerpo supongo que poco puede hacerse.
Y ahí, sentada, en el bastante amplio local de ése restaurante de carretera, me he dado cuenta de lo cotidiano de todo lo que me rodea. He pensado en ése blog que escribo, donde tanta gente al día me dice que sueña con viajar al lugar dónde yo vivo. Y, sin embargo, al encontrarme en ése sitio, he pensado que el mundo, las personas, son tan iguales al fin y al cabo… La mente humana es universal, y aunque infinitamemente distinta de un individuo al otro, estoy segura de que situaciones como las que he contemplado podían verse en cualquier lugar del planeta.
Para lo que unos es un destino de ensueño, un lugar lejano e inalcanzable, no es más que un trozo de tierra donde conviven personas, que ya tendrán unos ropajes o un rostro diferente, que vivirán en casas con una forma distinta y celebrarán el año nuevo de otra forma, pero que al fin y al cabo son personas, como todos, y lo cotidiano existe, como en todos los lugares de éste mundo.
Darío es, muy probablemente, uno de los lectores más sensatos que tengo (aunque quereros, os quiero a todos xD).
No sólo me envió una exquisita corrección del capítulo 1 de la novela que estoy escribiendo (que pienso aplicar sin dudarlo antes de ponerme con el cap. 4, mientras rezo para que su tiempo y voluntad me permitan disfrutar de sus opiniones muchas veces más); sino que sus palabras me hacen darme cuenta de que sin duda es una persona llena de experiencia, que me intriga y me hace darme cuenta de lo pequeñita que soy (todavía).
Me ha enviado un mail preguntándome mi opinión sobre Japón. Personalmente me ha chocado la parte en que me pregunta si me arrepiento de haber venido, de cuál es, resumiendo, mi "conclusión".
Lo cierto es que a dos meses para irme, al mirar atrás me sorprendo de todo lo que he vivido hasta ahora en éste frenético año.
Ha habido, como en todo año de cualquier persona en cualquier parte del mundo en cualquier época; momentos mejores y peores; recuerdo con dulzura mi llegada, los primeros meses; el viaje con mis amigos, el empezar la escuela...
Sin embargo, algo amargos fueron los meses de crudo invierno; coincidió que vivía sola en el apartamento, y llegar a un lugar por la noche en el que nadie te daba la bienvenida era más frío si cabe que la nieve que caía al otro lado de la ventana.
Pero ahora estoy increíblemente a gusto; todo son etapas. Pero resumiendo y englobando todo en una frase, para resultar breve (para variar):
No, no me arrepiento en absoluto de haber venido.
Es más, creo que es lo mejor que he hecho en mi vida.
Recuerdo las palabras de mi maestro. Era un profesor de bachillerato, pero más que "profesor" prefiero llamarle "maestro". Sin duda es una de las personas que más me ha enseñado en la vida.
El día que le confesé sin previo aviso que tenía intención de venir aquí, esperaba, como de todo ser humano al que le había dicho eso, que me deseara suerte o me preguntara sobre mis intenciones, incluso que se sorprendiera y empezara a hacer preguntas de cualquier tipo.
Sin embargo se quedó callado unos segundos, se rascó la barbilla, y me miró diciendo:
Me parece bien, pero recuerda, no vayas como una turista, sino como una viajera.
¿Tenéis vosotros en la memoria palabras que sabéis que no olvidaréis jamás?
Por muy lejos que volara de ésa persona, por tiempo que pasara aquí, sabía y sé que ésas palabras seguirán resonando en mi cabeza por siempre; no sólo en Japón, sino adondequiera que vaya.
Pero eso no fue todo; al volver a España en Abril volví a encontrarle. Me preguntó sobre mi estancia, sobre qué había aprendido. Recuerdo haberle confesado mi inseguridad sobre mi futuro; pensaba en qué quería ser al volver. Hablarle de que repicaba incesante en mi mente el deseo de dejar volar mi pasión por escribir y atreverme a cumplir ese sueño algo estúpido y bohemio, esos sueños que no suelen gustar a papá.
Recuerdo también decirle, como creo que comenté en otro post, que no encontraba lugar en mi ser que se imaginara a sí mismo con un traje corbata y trabajando en una empresa, esclava del móvil y el ordenador portátil.
Sus palabras fueron claras.
Si no te pregunté por qué querías ir a Japón cuando me contaste tus intenciones aquél día; fue porque sabía muy bien que tú en ése país ibas a encontrarte.
Y, dios mío, cuánta razón.
Estando aquí me encontré a mí misma. Podría decirse que mi personalidad y carácter no han cambiado ni una pizca, pero sí mi forma de ver las cosas, mi conocimiento sobre lo que me rodea, mi capacidad de captar, recibir, comprender. Creo que, de quedarme en España, sin duda no habría sido capaz de encontrar mi camino.
Podría decir que fui palpando la forma que tenía (o que quería que tuviese) mi futuro, y ésa persona, con sus palabras, hizo que ésa idea estallara del todo y diese lugar a lo que soy ahora.
¿O nadie se había preguntado por qué el estilo de escritura de mi blog cambió precisamente después de volver de España?
Así que se podría resumir que viniendo aquí he aprendido más que en muchos años de mi vida (no diré toda, pues mentiría). No cabe lugar al arrepentimiento.
Y claro, claro que ha habido momentos, sobretodo momentos felices allá en mi Badalona, en los que habría querido cerrar los ojos por un instante, y al abrirlos volver a estar con la gente que quiero por unos minutos, aunque fuese. Estar fuera de casa no es fácil, y menos cuando amas a tu ciudad y tu gente más que te amas a tí mismo. Pero es ésa gente la que te enseña que por cien años que pases fuera, siempre te esperarán con los brazos abiertos.
La playa, el sol y el olor a salitre de mi ciudad siempre, siempre estarán ahí, esperándome. Y cuando llegue el día, ya cercano, de marcharme de la grandiosa Tokyo, sin duda lo haré con una sonrisa.
No por que quiera irme, sino por muchas, muchas otras cosas.