viernes, 17 de abril de 2009

Muerto

Es curioso el morir. Te crees que vas a ir a una dimensión distinta, que vivirás en el paraíso, que volverás a nacer, que... que todo. Te crees que morir es la hostia, vamos.

Pero ves que cuando mueres no te tienes ni a ti mismo. Cesas de existir, no está ya tu cuerpo y tu mente se dispersa por momentos, se vuelve una con el universo. Recuerdo ese momento. El momento de unirme con el planeta, el momento de pasar a ser parte del viento. No pensaba, no me preocupaba, no sonreía. Simplemente, ya no estaba.

Antes de desaparecer por completo, recuerdo haber hablado conmigo mismo. Me resistía a desaparecer, me batía contra la ley universal de todas las cosas. Una parte en mí me decía que entrara, que me dejase llevar... pero mi maldito ego, mi parte todavía consciente se preguntaba esos miles de millones de cosas que te trae el morir, los innumerables "¿Y si?"

"¿Qué va a pasar con mi familia? ¡No puedo dejarles solos!"
"¿Y esa novela que dejé sin terminar? ¡Alguien tiene que acabarla!"
"¿Y mis amigos? ¿Y mi perro? Lo dejé en el patio encerrado... ¿Se encargará alguien de él?"

Entonces el universo me habló, justo antes de engullirme.

"Ya nada importa".

Ya nada importa. ¡Qué verdad! Si cuando tu propia existencia se esfuma no piensas más que en tu perro y en tu familia, en todo lo que dejaste atrás... qué gran paso la muerte, que sintonía, qué desconexión... ¡Qué catarsis absoluta! Hasta el punto de darse cuenta uno de lo nimia e insignificante que resulta su propia existencia.



P.D: Perdón por la paranoya absoluta...U

martes, 14 de abril de 2009

Cuentos de un tren abarrotado

23 de Marzo.

Querido diario:

Hoy en el tren he pasado un poco de vergüenza. Me he dejado el paraguas, me he mojado con la lluvia… y bueno, el pelo se me ha encrespado, se me ha empapado la ropa… y he ido por la calle hecha un desastre. Ya no es que sea muy agraciada de por sí, e ir así por el mundo me ha hecho sentir muy miserable. Si mi ex novio me viese, seguramente se reiría y me diría que qué hago saliendo a la calle con estas pintas, que me pusiese una bolsa de papel en la cabeza… o algo así.

Quería ir a ver a mi abuela a su casa, pero al terminar la universidad me he vuelto directamente para casa. No sé, me sentía mal, me daban ganas de esconderme… de que no me viese nadie.
Cuando he entrado en el tren me he sentido más segura. La gente me ignoraba, como de costumbre, y yo he agachado la cabeza para ver si así lograba hacerme un poquito más invisible.
Pero he notado que alguien me observaba. Me he retirado el pelo hacia un lado para mirarle de reojo, y he visto que era un chico joven. ¡Qué vergüenza! Seguro que pensaba que estaba hecha un desastre, seguro que me miraba porque le daba lástima o algo así.

No dejaba de mirarme. Todo el rato, todo el rato. ¡No sabía dónde esconderme! Si por lo menos fuese yo un poco guapa, si por lo menos pudiese atreverme a sonreírle… pero tengo una sonrisa horrible, seguro que le hubiese asustado si lo hubiese hecho.

He intentado mirarle mejor sin que se diese cuenta. Era bastante guapo. Seguramente tendría una novia preciosa, lista y simpática que le tratase bien… y quizá me miraba y pensaba en lo mucho mejor que es su chica. Quizá pensaba algo así como “Menos mal que mi novia no es así…”.

Ojalá fuese yo un poco mejor. Cuando me ha tocado bajar del tren, he pensado que me gustaría llegar a ser algún día lo suficientemente buena como para merecer a alguien como él.
Pero es imposible… yo nunca llegaré a nada.


Diario. 23/03/09:

Entro al tren que me lleva a casa. Estoy hecho polvo, me duelen los pies y tengo la espalda cargada.

“Por favor, por favor… que haya un sitio libre”.

Pese a hallarse el vagón abarrotado encuentro un asiento vacío, mirándome. Me esperaba, me aguardaba a mí.
Me dejo caer sobre él y oigo a mis pobres pies suspirar de alivio. ¡Diez horas trabajando! Ya había oído que trabajar en época de exámenes agota más que de costumbre, pero… ¡Diez horas! Eso no agota, eso asesina.
Miro a mi alrededor con el descaro habitual. Sé que a mis compañeros de trayecto a menudo les incomoda que me los quede observando, pero tengo esa mala costumbre y no puedo ni me interesa remediarlo.
Y entonces miro a mi derecha. Esperaba hallar a uno de esos trabajadores explotados como yo, a una ama de casa con sus bolsas de la compra, a un niño sentado de rodillas y empotrando la frente contra la ventanilla… pero no.
Encuentro una chica. A una chica muy mona.
A decir verdad, era más que mona. Era preciosa.
Intento que no se dé cuenta de que la observo. Primero miro hacia otro lado, luego intento contemplarla desde el reflejo de la ventana, pero la masa de gente me lo impide.
Opto por mirarla de reojo y rezar por que no se dé cuenta.

Tiene cara de cansada. ¿Vendrá de trabajar? Lleva el pelo mojado por la lluvia, cubriéndole parte del rostro. Agacha la cabeza con timidez, como si quisiera desaparecer en cualquier momento. ¿Se sentirá incómoda al saber que todo el mundo la admira? ¿Será consciente de que no puedo dejar de mirarla?
Se retira el pelo detrás de la oreja. ¡Qué hermosa! Tiene los ojos verdes. El frescor de la lluvia ha marcado de rosa sus mejillas. Veo que me mira de reojo y aparta la vista. Mierda, se habrá dado cuenta de que la observo. Quizá le molesta, quizá está harta de tíos como yo que se quedan embobados al verla. Me pregunto si está incómoda…

Me gustaría tener a una chica como ella. ¡Sencilla, bonita, fresca como la brisa! Ojalá me dejase entrar en su vida.
El tren se detiene y ella se levanta.

“¡No te vayas!” he pensado, pero no me he atrevido a decirlo en voz alta.

Antes de perderla de vista para siempre, me hubiese gustado decirle que, para mí, ella brillaba más que cualquier otra persona en el mundo.
Pero bueno, siendo tan bonita como era… muy posiblemente ya lo sabe.

miércoles, 8 de abril de 2009

Reaccionando

No tengo palabras para agradecer el inmenso apoyo que he recibido de todos vosotros estos días. Los que me comentasteis en el post anterior, los que me habéis escrito correos electrónicos, los amigos que me han dedicado su tiempo y la familia que me ha dado su apoyo.

Han sido unos días complicados. Me levantaba algunas mañanas y pensaba "¡Al cuerno con la carrera!" y otros días en que me decía "Continúa y no te rindas". Supongo que al leer estas dos frases, si tenéis en cuenta mi forma de ser... os podréis hacer una idea de qué decisión he tomado.

Voy a continuar. Soy consciente de que no necesito ese título universitario, y estoy perfectamente de acuerdo con las opiniones que me habéis dado. "Si no te gusta, no sigas". Bien, eso es cierto... pero no es que no me guste el objetivo de la carrera, sino que no me gusta la forma en la que me enseñan. "Me gusta el qué dice, pero no el cómo lo dice", por poner otro ejemplo. Si algún día vuelvo a desanimarme, pensaré que esto no es más que una etapa, un paso necesario para llegar a la meta final, el tramo cuesta arriba de la maratón.

Me quedo porque veo en la universidad un abanico de posibilidades de pasar temporadas en el extranjero de forma rápida y barata (véase Arizona) y aprender de los intercambios y las experiencias que pueda brindarme este período.

Me quedo porque, pensándolo fríamente, debo reconocer que he aprendido muchísimo en este poco tiempo. No todo es agradable, no todo lo hago a gusto... ¿Pero acaso hay algún trabajo o carrera en la vida que sea cien por cien placentero?

Pese a todo, no dejaré de ser yo misma. Si mi profesora de castellano está dispuesta a ponerme notas mediocres porque "escribo raro", dejaré que me las ponga. Seguiré escribiendo raro hasta el día en que me muera, le guste o no le guste. Mis traducciones serán mías y mi forma de escribir también. Puede que me cueste horrores sacar buenas notas por ello, o puede que acabe hallando alguna aceptación entre los profesores. ¡Quién sabe!

Pero me quedo porque quiero volver a Tokio. Quisiera hacer el máster allí, y bien es sabido que para hacer un máster se necesita una carrera. Aguantaré este tiempo, no me dejaré vencer... y si veo que en segundo año se me presenta la posibilidad de cambiar de especialidad con el segundo ciclo... que así sea.

Respecto al japonés... yo lo aprendí en la calle, y es en la calle donde quiero seguir aprendiéndolo. Si voy ahora a clase es para mantenerlo vivo en mi memoria, hasta el día en que pueda volver a pisar el Sol Naciente. Pese a que pueda sonar altivo, no creo que en el nivel inicial de japonés que enseñan en la universidad pueda enseñarme algo nuevo. Empiezan desde el "Konnichiwa", y conozco a gente graduada desde hace años en la facultad de traducción y especializados en lengua japonesa que actualmente van conmigo a clase. "Si quieres ir a la Universidad Autónoma, no vayas para hacer japonés, ves porque te da la gana y punto". Esas fueron las sabias palabras de uno de ellos.

Resumiendo... la universidad será para mí un salvoconducto, una etapa necesaria para llegar a algo más grande y más satisfactorio. Si puedo atenuar el espinoso período con intercambios y Erasmus a "porrillo"... que así sea, y mi inglés lo agradecerá.

Me han puesto de rodillas, pero me levanto. ¡No podrán conmigo ni con mis letras! Y no dejaré de ser yo misma por mucho que les desagrade.

Sólo escalando el frío y escarpado Everest se puede estar más cerca del cielo.

jueves, 2 de abril de 2009

Fuera de lugar

Hoy voy a haceros una confesión.


Comencé estudiando la carrera que hago ahora (Traducción e Interpretación) porque me gustó el objetivo que perseguía (o que creí que perseguía) esa titulación. ¡Poder ser traductora! Poder traducir libros del japonés y ser capaz de hacéroslos llegar a todos vosotros me parecía más que maravilloso.

Pero actualmente me encuentro perdida. No es sólo el hecho de estar perdida en sí, es también el hecho de que nunca me había sentido así, siempre había visto las cosas claras, pero ahora mi mundo se tambalea.

Lo que parecía ser un lugar en el que me iban a enseñar a comprender, a aprender a descifrar y a adaptar la realidad con palabras escritas ha resultado ser una mina de desengaños, una carrera fría y mecánica que sólo me ha traído hasta hoy dolores de cabeza. Ni siquiera me enseñan japonés, sino que me inculcan el francés, lengua que siempre he detestado, y me obligan a escribir en catalán, lengua con la que jamás he logrado identificarme.

Hasta ahora mi vida había sido un cúmulo de éxitos, una perfecta sucesión de hechos que me han llevado... ¿A esto? ¿A una universidad quirúrgica, fría, catalanista hasta el extremo y creadora de pseudotraductores clónicos?

Desde hace unos meses, no hay día en que me levante para ir a la facultad y no piense: No, así no.

Estoy fuera de lugar. Recuerdo ese Día (¡El mítico día en que empezó la decadencia!) en que mi profesora de castellano sostenía una de mis redacciones en la mano. Hacía muecas con la cara y ladeaba la cabeza:

"Es que... Marta... no sé.. escribes... escribes raro".


Escribo raro. ¡Profesora, ese es mi mayor orgullo! Y que a una catedrática le parezca raro es casi una satisfacción. No busco parecer más inteligente que nadie en mis escritos, no escribo para intelectuales ni para personas como usted, sino que escribo por el pueblo y para el pueblo. ¡Esa es mi rareza, viva con ella! No vivo por los libros, sino con los libros. Mi meta no es la sabiduría absoluta, ni la cátedra ni el honoris causa:

Mi meta es llegar al corazón de las personas. Dígame, profesora... ¿Tiene usted corazón?

He suspendido castellano. Buscan convertirme en alguien distinto, en lo que ellos quieren que sea, y yo, ya... ya casi no sé quién soy.

Os pido auxilio, lectores míos... Pido auxilio al mundo por primera vez en mi existencia. ¿Qué, qué se supone que debo hacer ahora?

miércoles, 1 de abril de 2009

Gracias

Hoy no tenía pensado escribir nada hasta la noche, pues tengo un poco de prisa... pero he visto algo tan sumamente conmovedor que me ha literalmente obligado a ponerme a escribir.

En su momento pensaba escribir sobre el hecho de que ya hemos alcanzado las 77.777 visitas. ¡Muchas gracias por todo este tiempo!
Kamugo me ha enviado una captura de pantalla del momento (aunque en el e-mail no me ha quedado muy claro si la ha tomado él o no... jajaja). Muchas gracias ;)


Desde luego, cuando abrí este blog pensando en un simple espacio en el que colgar mis cuatro experiencias en Japón, nunca pensé que llegaría a convertirse en un webblog con lectores fieles como todos vosotros, que me siguen pese a haber vuelto ya a mi país. ¡Aunque ya digo por adelantado que pienso volver al Sol Naciente! Todavía queda un tiempo, pero seguro que mi próxima marcha será más larga que la anterior.


Y bueno, pasemos a lo que venía a decir... (ya adopto el estilo japonés, de decir lo más importante al final...) ¡Javi, Javi...! Un lector de este blog me ha hecho un regalo sumamente conmovedor, totalmente abrumador. ¡No ha hecho nada menos que dibujar un cómic basado en la historia de este post! Que en su momento ese escrito tuvo mucho éxito no es ningún secreto (fue y sigue siendo el post con récord de comentarios), pero jamás esperé que alguien llegase a hacer algo tan sumamente hermoso. Juzgad por vosotros mismos:


¡Que lo disfrutéis tanto como lo he disfrutado yo! Y Javi, dime si tienes una web o un blog al que pueda enlazar tu nombre, pues si lo tienes... ¡Creo todo el mundo debería conocerlo! Muchas gracias de nuevo.


Y muchas gracias a todos los que me escribís correos, ya sean reviews, comentarios, peticiones, preguntas... a veces tardo en responder (¡Sí, soy consciente de ello!) pero cada vez que veo que alguien me ha escrito me da un vuelquecito el corazón. No tengo millones de lectores, tengo 77.777, pero son los mejores 77.777 del mundo.

sábado, 28 de marzo de 2009

Un trozo de tierra

Hoy me he estado planteando el origen de una de esas cosas que todos damos por supuestas y normales en nuestra vida: Nuestra casa.

Todos hemos pagado (o pagaremos) una millonada por tener un lugar en el que dormir. Es algo tan habitual que lo damos por supuesto, por algo natural, comprensible e incluso necesario.

Pero, eh... ¿Os habéis planteado alguna vez lo absurda que es esta idea? Pagar por un trozo de tierra en un planeta que es de todos, y a la vez de nadie. Sí, quizás si alguien te construye la casa en un trozo de terreno, podríamos pagarle lo que le ha costado construirla más la mano de obra, como quien paga al sastre por coserle un vestido. Pero... ¿la tierra? ¿De quién es esa tierra?

Y diréis... "el que construye la casa también ha pagado el terreno". ¿A quién? ¿De quién era ese terreno? ¿Y antes que de esa persona? ¿Y antes? ¿Cuándo comenzó el ciclo de "este pedazo de tierra es mío"?

Y entramos en eso de que un puñado de tierra en la ciudad vale más que en el campo, pero también entramos en eso de los bloques de cincuenta pisos, en los que no pagas ni siquiera por un terreno, sino por un cubículo.

¿Quién puso precio a la tierra que pisamos? ¿Quién decide cuánto vale un metro cuadrado de suelo? ¿Si construyo yo castillos en el aire, podré cobrar por respirar?

¿Si pagamos por la tierra que pisamos, por qué no por el agua y por el viento? ¿Pagaremos por los árboles? ¿Pagaremos por yacer muertos? Oh, no, espera... que eso ya lo hacemos.

Si tuviese mucho, mucho dinero, construiría una ciudad en medio de lo que llamamos "nada", donde la tierra no tuviese "valor", y cobraría no más que el precio de los ladrillos. En la entrada a la ciudad, en un arco enorme, estaría grabado en piedra: "Bienvenido a la ciudad donde la tierra es de todos".

Porque lo es, creedme. Nadie tuvo derecho a decir a quién pertenecía nuestro planeta. La culpa es nuestra por creernos que es así, por ser partícipes de esta gran farsa, de la venta del engaño, del círculo vicioso.

lunes, 23 de marzo de 2009

Sobre la Soledad

Los que no me conocen, normalmente hablan mal de mí.

Los que me conocen un poco, suelen decir que soy una persona sociable y extrovertida.

Y los que me conocen bien, saben que soy una persona cerrada, retorcida, algo maquiavélica y perturbadoramente amadora de la soledad absoluta.

Porque lo soy. Suelo confundir a los recién conocidos, me hablan de su desconcierto con mis no dos, sino cien caras. Posiblemente mi faceta sociable sea algo así como una armadura, una forma de parecer natural en un ambiente en el que estoy si no a disgusto, tampoco como en casa.

"¿Ya tienes novio?" me pregunta mi tía cada vez que me ve, me pellizca el moflete y me deja una marca de pintalabios en la piel.
"No, tita. Estoy muy bien sola".

Lo que ella no sabe es que hay más verdad en esa frase que en cualquier otra afirmación que pudiera hacer yo en mi vida. Diría que puedo afirmar eso con más seguridad que un "estoy viva"; podría gritar esa frase con más fuerza que un "todos moriremos algún día".

Tras haber sido obligada (literalmente) a leerle, me sorprende hallar en mí coincidencias con algunos puntos de vista de Enrique Vila-Matas, que en su Exploradores del abismo me dijo:

"Esconderse era el destino de todos esos amantes de la gloria solitaria, todos esos artistas que acabaron necesitando el aislamiento radical porque sabían que eso les aproximaba más al absurdo general de la existencia y a la soledad que tarde o temprano habría de llegarles a la hora de la muerte".

Puedo decir, con la misma seguridad que la frase que os he dicho un poco antes, que todo ser humano en cuyo interior exista un mínimo de capacidad de creación, ansia de conocimiento y de gusto por la introspección amará la soledad más que otra cosa en el mundo. Dicho así, lo sé, suena oscuro y casi malvado, pero posiblemente esa connotación negativa que la soledad ha adoptado no sea más que el fruto de un miedo inducido por la sociedad: Cuando los genios se encierran, nacen grandes creaciones.

Lamentablemente no nací genio, aunque tampoco del todo ignorante. Adoro estar sola tanto como adoro estar con los que más quiero. La soledad es necesaria para conocerse a uno mismo y para conocer al mundo. ¿Cómo vamos a mirar al exterior si no somos capaces de estar a solas con nosotros mismos? Bien cierto es que las personas más banales, superficiales, planas, insustanciales y comunes que he conocido en la vida siempre han respondido así a esta pregunta:

"¿A qué temes más en el mundo?"
"A la soledad".

¡Pobres inocentes! Decir que se teme a la soledad es como decir que se teme uno a sí mismo, a los pensamientos que surjan de su mente en esas horas de introspección que pueden (¡Dios no lo quiera para ellos!) hacerles crecer como personas.

Mis lectores, todos moriremos solos. Esa es una realidad que no puede ser negada de ninguna forma. ¿Si cuando ese momento llegue vamos a estar solos sin remedio para toda la eternidad, por qué no comenzar por conocernos a nosotros mismos? Dedicad un tiempo para vuestro propio ser cada día, y hallaréis más placer en la compañía, y menos temor en la soledad.

Faltan cuatro días para mi clausura de Semana Santa. Necesito estar sola. Mi yo me necesita; dice que con tanto examen me echa de menos.




NOTA: Hay un post nuevo publicado en fecha 6/03/09 (dos post atrás). Comencé el borrador en esa fecha y se ha publicado en ese apartado.