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jueves, 10 de marzo de 2011

Cosas complicadas



Me he topado con algo interesante, últimamente. Puede ser un ejemplo de lo terriblemente mal que van las cosas a nivel económico en este país, o quizá no... ¡Quizá simplemente es mala suerte!

Estoy buscando a alguien (dentro del mundo editorial) que se preste a leer la novela que tengo terminada en busca de publicación. ¿Por qué remarco lo de leer? Porque ese es el problema. No es cuestión de que la gente la lea y no le guste, no... La cuestión es que está resultando complicadísimo conseguir que alguien se preste a abrir la primera página. ¿Por qué?

Porque están saturados de faena. Sí, señores, parece ser que la crisis ha llegado hasta los recovecos más inimaginables de la sociedad. No me cuesta demasiado imaginar la situación: Persona aficionada a la lectura y la escritura que nunca se había atrevido a dar el paso se encuentra en paro y sin nada a lo que dedicar tiempo e ilusión (Especialmente lo segundo. Se puede vivir sin tiempo, pero no sin ilusión). Por lo tanto, decide sacar el polvo a sus manuscritos o posiblemente escribir alguno nuevo y probar suerte. Quizá una publicación exitosa le saque del apuro...

Conclusión: Abarrotamiento de la sección de recepción de originales y consiguiente cierre de aceptaciones. Muchas editoriales ya directamente se niegan rotundamente a aceptar manuscritos.

¿Qué soluciones hay?
1. Un milagro
2. Un milagro y toparse con el director de una editorial en la cola del supermercado.
3. Una agencia literaria que envíe tu manuscrito a una editorial bajo recomendación. El problema es que éstas también están saturadas y cerradas a cal y canto.

Escribo todo este asunto porque me parece curioso, pero para nada como queja. Nada que merezca la pena en esta vida es fácil de lograr. Quizá la situación está más difícil que hace unos años, pero seguiré intentándolo hasta conseguirlo. ¡Si alguien tiene alguna idea revolucionaria o una iluminación divina para dar con una solución posible, que me la haga saber! ;)


lunes, 19 de octubre de 2009

Girafa... ¿Kirin?

Os dije que os hablaría de las cosillas que voy haciendo en mi universidad, pues es una carrera nueva y desconocida para el mundo exterior... jajaja.

Pues bien, voy a poneros una de las innumerables cosas que ando aprendiendo en este curso que yo describiría, en pocas palabras, como... muy recomendable y sumamente interesante. Apenas hemos empezado, pero mis sensaciones hasta ahora de este curso son tremendamente positivas y recomiendo a todo aquel que esté pensando en cursarlo que se anime a hacerlo.

Hoy os hablaré de una anécdota cultural. Existe en Japón un ser mitológico llamado Kirin (que para los más cosmpolitas es también una marca de cerveza en Japón). Curiosamente, una de las cosas que más me confundió cuando empecé a estudiar japonés era el hecho de que las jirafas, en este idioma, también se llaman Kirin.



"¿Por qué es esto?" Me pregunté. Pensé que sería una simple coincidencia, una homonimia casual.

Hoy, leyendo una lectura obligatoria de la universidad, descubro el origen de esta palabra. Resulta que los chinos llegaron a exlorar el mundo mucho antes que los europeos; tanto, que los chinos afirman que sus ancestros llegaron a las tierras de Cleopatra ya en el siglo IaC.

El intrépido exporador Zheng He, en 1414, viajó a África y al sur de Asia y trajo consigo a diversos animales que encontró en la zona para mostrárselos a su pueblo. En su navío viajaron varias fieras, avestruces e incluso rinocerontes, pero el ser que más cautivó a los chinos fue la jirafa, animal que el rey de Bengala regaló al explorador y al que los chinos confundieron con un ser de la mitología china: El Qilin, mezcla de buey, unicornio y ciervo.


Es de suponer que el animal, que al no haber pisado jamás tierras orientales y al carecer de nombre en la lengua de la dinastía, recibiese pues la misma designación que su supuesto pariente: Qilin, o Kirin, como quedó transformado en lenguaje japonés.

De ahí que dos seres tan diferentes se llamen igual.



El libro que estoy leyendo actualmente se titula China en África, de Serge Michel y Michel Beuret. Sólo su nombre ya hace fruncir el ceño de curiosidad: ¿Es que China y África tienen algo que ver? Pues la respuesta es... os sorprendería.

Porque así está resultando ser mi carrera: Sorprendente. Sorprendentemente interesante.

miércoles, 29 de abril de 2009

Maestro

Hoy os hago media-publicidad y todo.

Me he quedado perpleja al ver un aviso de correos que decía que había un paquete para mí.

"Será algo de Japón..." he sospechado, pero esa teoría ha quedado descartada al decir la nota (únicamente) que el envío venía desde Barcelona.

Al tenerlo al fin en mis manos... he sonreído al ver el remitente.

"¡Maestro!" he pensado. Ya os he hablado alguna vez de él... ese hombre que me dió el empujón definitivo que me lanzó a convertirme en lo que soy ahora, una de las personas que me ha enseñado más en la vida... Ese que me dijo "Yo sé que a Japón, más que ir a encontrar algo... has ido a encontrarte a ti misma". Os pondré aquí la cita de lo que comenté de él en este blog hace ya meses:


El día que le confesé sin previo aviso que tenía intención de venir aquí, esperaba, como de todo ser humano al que le había dicho eso, que me deseara suerte o me preguntara sobre mis intenciones, incluso que se sorprendiera y empezara a hacer preguntas de cualquier tipo.
Sin embargo se quedó callado unos segundos, se rascó la barbilla, y me miró diciendo:

Me parece bien, pero recuerda, no vayas como una turista, sino como una viajera.

El paquete era un libro, un libro suyo. Ha salido de su mente y, pese a tanto tiempo sin verle, se ha acordado de mí y me lo ha hecho llegar. ¡Tengo tantas cosas que contarle! No puedo esperar a volver a verle para decirle que hoy las letras son también mi vida.


El libro venía dedicado.

"Para las dos Marta Narváez (La inteligente y la otra, más importante). Con el afecto de este ex-profesor".

No me quedan palabras... ¿Tenéis vosotros un gran maestro? ¿Una de esas personas sin cuya aparición en vuestras vidas no habríais llegado a ser lo que sois?

sábado, 25 de abril de 2009

Sant Jordi

Existe en mi tierra una tradición milenaria, fruto de una antigua leyenda... cuya conmemoración se celebra cada 23 de Abril.

En ese día, los hombres regalan a sus amadas una rosa roja, y las mujeres obsequian a sus hombres con un libro. Con los años esta tradición ha terminado extendiéndose a los padres e hijos, amigos y hermanos... hasta el punto en que una chica puede acabar recibiendo una rosa de cualquier persona cercana a ella, al igual que ocurre a los chicos con los libros.

La rosa es un símbolo de aprecio, una demostración de amor, amistad y cariño, un obsequio bello a la par de efímero. Ese 23 de Abril, Cataluña entera se cubre de rosas.

Hacía ya dos años que no vivía este día. El último 23 de Abril lo pasé en el Sol Naciente, y para mí, en esas tierras, no fue más que una jornada de trabajo cualquiera.
Ayer, día de Sant Jordi, volví a casa tras quedar con mis amigos... y me encontré cuatro rosas en un jarrón del comedor.

- ¿Estas son las que ha comprado papá?- pregunté.
- Sí. Una para cada una de sus hijas, y la mía- respondió mi madre.

Cuatro rosas. Qué curioso, mis dos hermanas ya no viven en casa desde hace tiempo... ¿Por qué compraba mi padre cuatro rosas, si mis hermanas ni siquiera las verían?
Y entonces,noté en mí la siempre presente chispa de la curiosidad.

- Mamá... ¿Cuando yo estaba en Tokio, papá me compró una rosa de todas maneras?
- Claro que lo hizo. Ya conoces a tu padre...

Me quedé pensando con la mirada perdida entre las cuatro flores. Mi padre, ya un año atrás, me regaló una rosa roja, un símbolo de amor y cariño... que sabía que yo nunca iba a recibir. Compró una rosa por mí, me hizo ese regalo... sin esperar que yo nunca lo llegase a saber.

Qué extraño, y a la vez qué hermoso... pensar en esa rosa de hace ya un año con mi nombre grabado en el espíritu, que se marchitó sin haber llegado nunca a estar en mis manos. Qué extraño, y a la vez qué hermoso... pensar que mi padre me hizo ese obsequio en silencio, ese pequeño gritito de amor sin esperanza de ser nunca oído.

Me llega ahora. Me llega ahora, el mensaje de esa rosa... y con más, mucha más fuerza.

No existe tesoro más abrumador que el amor de verdad, el que no siempre se muestra, el que existe a la luz... pero también en la sombra.

viernes, 17 de abril de 2009

El hada en la burbuja de cristal

Dediqué mi vida a recorrer el planeta entero en busca del conocimiento absoluto. Mis pesquisas me llevaron a los cuatro rincones del globo, a mar y montaña, al cielo y al infierno. Hallé magia en estado puro y pesadillas en la realidad. De eso salió un libro de fotografías y unos cuentos anecdóticos, entretenidos a la par de superficiales, que me solucionaron económicamente la vida hasta el fin de mis días.

Reconozco que no vi más allá que lo que estuvo frente a mis ojos. Para mí, la vida fue poco más que un conjunto de retratos, la visión desde la distancia de un mundo que me rodeaba, pero que no se movía en sintonía conmigo mismo.

Uno de los momentos más extraños en mi vida fue el momento, en uno de mis viajes, en que encontré a una pequeña hada. Centelleaba como las estrellas, era pequeña y veloz. Ignorante de mí, lejos de intentar comprender su existencia, busqué atraparla y encerrarla en una burbuja de cristal para poder observarla hasta el fin de mis días. Furiosa, el hada me maldijo: Me dijo que el día en que ella murise, yo moriría minutos después.

Recuerdo el momento en que ese fulgor de su piel comenzó a apagarse. Apoyándose moribunda en el cristal de su burbuja, me miró con rencor y me dijo:

- Qué triste tu existencia, que morirás junto a mí, el fruto de tu superficial curiosidad...

Mi ignorante persona no pudo responder más que:

- Yo he estado en los cinco continentes y en los siete mares, he visto todos los paisajes de este globo y he vivido largos años. ¿Qué vas a decirme, insignificante de ti, que has vivido encerrada en una burbuja?

Sonrió antes de morir:

- Crees saber del infinito universo porque has visto un mundo. Yo, en mi burbuja, he tenido tiempo de aprenderlo todo de mí misma. Envídiame, humano, porque tu conocimiento es ínfimo y el mío incalculable.

No comprendí sus palabras hasta que no dejé de respirar junto a ella. No comprendí sus palabras hasta que, en mi último aliento, me paré a preguntarme quién era yo.

Muerto

Es curioso el morir. Te crees que vas a ir a una dimensión distinta, que vivirás en el paraíso, que volverás a nacer, que... que todo. Te crees que morir es la hostia, vamos.

Pero ves que cuando mueres no te tienes ni a ti mismo. Cesas de existir, no está ya tu cuerpo y tu mente se dispersa por momentos, se vuelve una con el universo. Recuerdo ese momento. El momento de unirme con el planeta, el momento de pasar a ser parte del viento. No pensaba, no me preocupaba, no sonreía. Simplemente, ya no estaba.

Antes de desaparecer por completo, recuerdo haber hablado conmigo mismo. Me resistía a desaparecer, me batía contra la ley universal de todas las cosas. Una parte en mí me decía que entrara, que me dejase llevar... pero mi maldito ego, mi parte todavía consciente se preguntaba esos miles de millones de cosas que te trae el morir, los innumerables "¿Y si?"

"¿Qué va a pasar con mi familia? ¡No puedo dejarles solos!"
"¿Y esa novela que dejé sin terminar? ¡Alguien tiene que acabarla!"
"¿Y mis amigos? ¿Y mi perro? Lo dejé en el patio encerrado... ¿Se encargará alguien de él?"

Entonces el universo me habló, justo antes de engullirme.

"Ya nada importa".

Ya nada importa. ¡Qué verdad! Si cuando tu propia existencia se esfuma no piensas más que en tu perro y en tu familia, en todo lo que dejaste atrás... qué gran paso la muerte, que sintonía, qué desconexión... ¡Qué catarsis absoluta! Hasta el punto de darse cuenta uno de lo nimia e insignificante que resulta su propia existencia.



P.D: Perdón por la paranoya absoluta...U

martes, 14 de abril de 2009

Cuentos de un tren abarrotado

23 de Marzo.

Querido diario:

Hoy en el tren he pasado un poco de vergüenza. Me he dejado el paraguas, me he mojado con la lluvia… y bueno, el pelo se me ha encrespado, se me ha empapado la ropa… y he ido por la calle hecha un desastre. Ya no es que sea muy agraciada de por sí, e ir así por el mundo me ha hecho sentir muy miserable. Si mi ex novio me viese, seguramente se reiría y me diría que qué hago saliendo a la calle con estas pintas, que me pusiese una bolsa de papel en la cabeza… o algo así.

Quería ir a ver a mi abuela a su casa, pero al terminar la universidad me he vuelto directamente para casa. No sé, me sentía mal, me daban ganas de esconderme… de que no me viese nadie.
Cuando he entrado en el tren me he sentido más segura. La gente me ignoraba, como de costumbre, y yo he agachado la cabeza para ver si así lograba hacerme un poquito más invisible.
Pero he notado que alguien me observaba. Me he retirado el pelo hacia un lado para mirarle de reojo, y he visto que era un chico joven. ¡Qué vergüenza! Seguro que pensaba que estaba hecha un desastre, seguro que me miraba porque le daba lástima o algo así.

No dejaba de mirarme. Todo el rato, todo el rato. ¡No sabía dónde esconderme! Si por lo menos fuese yo un poco guapa, si por lo menos pudiese atreverme a sonreírle… pero tengo una sonrisa horrible, seguro que le hubiese asustado si lo hubiese hecho.

He intentado mirarle mejor sin que se diese cuenta. Era bastante guapo. Seguramente tendría una novia preciosa, lista y simpática que le tratase bien… y quizá me miraba y pensaba en lo mucho mejor que es su chica. Quizá pensaba algo así como “Menos mal que mi novia no es así…”.

Ojalá fuese yo un poco mejor. Cuando me ha tocado bajar del tren, he pensado que me gustaría llegar a ser algún día lo suficientemente buena como para merecer a alguien como él.
Pero es imposible… yo nunca llegaré a nada.


Diario. 23/03/09:

Entro al tren que me lleva a casa. Estoy hecho polvo, me duelen los pies y tengo la espalda cargada.

“Por favor, por favor… que haya un sitio libre”.

Pese a hallarse el vagón abarrotado encuentro un asiento vacío, mirándome. Me esperaba, me aguardaba a mí.
Me dejo caer sobre él y oigo a mis pobres pies suspirar de alivio. ¡Diez horas trabajando! Ya había oído que trabajar en época de exámenes agota más que de costumbre, pero… ¡Diez horas! Eso no agota, eso asesina.
Miro a mi alrededor con el descaro habitual. Sé que a mis compañeros de trayecto a menudo les incomoda que me los quede observando, pero tengo esa mala costumbre y no puedo ni me interesa remediarlo.
Y entonces miro a mi derecha. Esperaba hallar a uno de esos trabajadores explotados como yo, a una ama de casa con sus bolsas de la compra, a un niño sentado de rodillas y empotrando la frente contra la ventanilla… pero no.
Encuentro una chica. A una chica muy mona.
A decir verdad, era más que mona. Era preciosa.
Intento que no se dé cuenta de que la observo. Primero miro hacia otro lado, luego intento contemplarla desde el reflejo de la ventana, pero la masa de gente me lo impide.
Opto por mirarla de reojo y rezar por que no se dé cuenta.

Tiene cara de cansada. ¿Vendrá de trabajar? Lleva el pelo mojado por la lluvia, cubriéndole parte del rostro. Agacha la cabeza con timidez, como si quisiera desaparecer en cualquier momento. ¿Se sentirá incómoda al saber que todo el mundo la admira? ¿Será consciente de que no puedo dejar de mirarla?
Se retira el pelo detrás de la oreja. ¡Qué hermosa! Tiene los ojos verdes. El frescor de la lluvia ha marcado de rosa sus mejillas. Veo que me mira de reojo y aparta la vista. Mierda, se habrá dado cuenta de que la observo. Quizá le molesta, quizá está harta de tíos como yo que se quedan embobados al verla. Me pregunto si está incómoda…

Me gustaría tener a una chica como ella. ¡Sencilla, bonita, fresca como la brisa! Ojalá me dejase entrar en su vida.
El tren se detiene y ella se levanta.

“¡No te vayas!” he pensado, pero no me he atrevido a decirlo en voz alta.

Antes de perderla de vista para siempre, me hubiese gustado decirle que, para mí, ella brillaba más que cualquier otra persona en el mundo.
Pero bueno, siendo tan bonita como era… muy posiblemente ya lo sabe.

lunes, 23 de marzo de 2009

Sobre la Soledad

Los que no me conocen, normalmente hablan mal de mí.

Los que me conocen un poco, suelen decir que soy una persona sociable y extrovertida.

Y los que me conocen bien, saben que soy una persona cerrada, retorcida, algo maquiavélica y perturbadoramente amadora de la soledad absoluta.

Porque lo soy. Suelo confundir a los recién conocidos, me hablan de su desconcierto con mis no dos, sino cien caras. Posiblemente mi faceta sociable sea algo así como una armadura, una forma de parecer natural en un ambiente en el que estoy si no a disgusto, tampoco como en casa.

"¿Ya tienes novio?" me pregunta mi tía cada vez que me ve, me pellizca el moflete y me deja una marca de pintalabios en la piel.
"No, tita. Estoy muy bien sola".

Lo que ella no sabe es que hay más verdad en esa frase que en cualquier otra afirmación que pudiera hacer yo en mi vida. Diría que puedo afirmar eso con más seguridad que un "estoy viva"; podría gritar esa frase con más fuerza que un "todos moriremos algún día".

Tras haber sido obligada (literalmente) a leerle, me sorprende hallar en mí coincidencias con algunos puntos de vista de Enrique Vila-Matas, que en su Exploradores del abismo me dijo:

"Esconderse era el destino de todos esos amantes de la gloria solitaria, todos esos artistas que acabaron necesitando el aislamiento radical porque sabían que eso les aproximaba más al absurdo general de la existencia y a la soledad que tarde o temprano habría de llegarles a la hora de la muerte".

Puedo decir, con la misma seguridad que la frase que os he dicho un poco antes, que todo ser humano en cuyo interior exista un mínimo de capacidad de creación, ansia de conocimiento y de gusto por la introspección amará la soledad más que otra cosa en el mundo. Dicho así, lo sé, suena oscuro y casi malvado, pero posiblemente esa connotación negativa que la soledad ha adoptado no sea más que el fruto de un miedo inducido por la sociedad: Cuando los genios se encierran, nacen grandes creaciones.

Lamentablemente no nací genio, aunque tampoco del todo ignorante. Adoro estar sola tanto como adoro estar con los que más quiero. La soledad es necesaria para conocerse a uno mismo y para conocer al mundo. ¿Cómo vamos a mirar al exterior si no somos capaces de estar a solas con nosotros mismos? Bien cierto es que las personas más banales, superficiales, planas, insustanciales y comunes que he conocido en la vida siempre han respondido así a esta pregunta:

"¿A qué temes más en el mundo?"
"A la soledad".

¡Pobres inocentes! Decir que se teme a la soledad es como decir que se teme uno a sí mismo, a los pensamientos que surjan de su mente en esas horas de introspección que pueden (¡Dios no lo quiera para ellos!) hacerles crecer como personas.

Mis lectores, todos moriremos solos. Esa es una realidad que no puede ser negada de ninguna forma. ¿Si cuando ese momento llegue vamos a estar solos sin remedio para toda la eternidad, por qué no comenzar por conocernos a nosotros mismos? Dedicad un tiempo para vuestro propio ser cada día, y hallaréis más placer en la compañía, y menos temor en la soledad.

Faltan cuatro días para mi clausura de Semana Santa. Necesito estar sola. Mi yo me necesita; dice que con tanto examen me echa de menos.




NOTA: Hay un post nuevo publicado en fecha 6/03/09 (dos post atrás). Comencé el borrador en esa fecha y se ha publicado en ese apartado.

lunes, 9 de marzo de 2009

Imagen de paso

Hoy he caminado junto a una obra.

Los obreros cubrían de cemento las barras de acero a la intemperie. Mientras eran sepultadas, yo las oía gritar de horror;

decían que no querían dejar de ver el sol.





Absorción universitaria (de nuevo). Ya veo letras hasta en el cemento... necesito unas vacaciones XD

Próximo post para Sidel. Ella sabe por qué :)

miércoles, 25 de febrero de 2009

Sueños de la metaperfección

Entré en aquella biblioteca oscura, inesperadamente poco iluminada para ser un espacio de lectura. Sus estanterías reflejaban la luz naranja de las escasas bombillas posadas sobre las mesas. Sus hilitos de cobre ardiente agonizaban, gritando en incandescencia que se les acercaba el morir encerrados en aquella burbujita de cristal.

No buscaba nada, ni sabía qué hacía allí.

Pero lo averigüé pronto; en cuanto vi a alguien sentado frente a una de esas carcomidas mesas de roble astillado. Se tornó hacia mí, quedando a contraluz. Entre sus manos un libro abierto. Entendí que ella era el motivo de mi visita, y que yo era el motivo de su presencia.


— ¡Oh! y te presentaste al fin...— sonríe. Tiene el pelo castaño, largo hasta sus finos codos flexionados, sujetando aquel volumen polvoriento.
—Eh... sí, ya. Supongo— intento esbozar una sonrisa. No sé qué decirle.
Ella desvía la vista, mira al techo, a las crujientes vigas. Suspira.
— ¿Y cuánto te queda, pequeña...?
Pese a que no tenía motivos para entender aquella pregunta, la comprendo de todos modos.
— Tres años largos. No sé cómo voy a salir de esta...
Se ríe entre dientes.
— Ya... y mucho te espera. Ni siquiera sabes aún a qué o a quién dedicar tu existencia... lo recuerdo bien.
— ¿Lo has descubierto tú?
Su sonrisa se detiene, y me mira con nostalgia.
— Ya lo verás por ti misma.
Asiento, algo resignada. Recorro con la mirada mi alrededor, pero no hay más que penumbra. No sé qué decir, ni qué hacer.
— Em... ¿Qué lees?— pregunto, sin más intención que la de romper aquel espeso silencio incómodo; sus ojos clavados sin piedad en los míos.
Sonríe con calidez, y alarga el brazo para entregarme el libro que lleva en sus manos. Lo tomo, abro una página al azar... y me quedo sin respiración.
Era, sencillamente, perfecto. Las palabras ordenadas, las expresiones usadas... todo constituía el modelo ideal de aquello que yo tanto, tanto ansiaba ser. Las frases eran hermosas, como si sólo con pasar la mirada sobre las letras pudiese oír las palabras en mi mente; como si cada vez que leyese "río" en aquel libro, sintiese salpicar el agua en mi rostro. Era arte en estado puro, poesía en prosa, música en letras. Tenía que esforzarme para que las fuerzas no me abandonasen y el libro que sostenía resbalase de mis manos.
Era un placebo delicioso; droga de escritor.
— ¿Quién... quién ha escrito eso?— ¡El nombre! Quería saber por lo menos el nombre del autor al que iba a encadenarme de por vida.
Pero ella se acercó, sin desdibujar aquella sonrisa de su rostro. Escondiendo las manos tras la espalda, se inclinó para susurrar en mi oído.
— Lo he escrito yo, lo has escrito tú.
Y me desperté.


Pasé toda la mañana intentando recordar los detalles de aquel sueño. Por más que lo intentaba, no lograba que una sola de las palabras de aquel libro regresase a mi mente. Tamborileaba con los dedos sobre el escritorio, frustrada.
— ¿Ocurre algo?— Me preguntan. Ya no importa quién, ni cómo.
— He tenido un sueño, un sueño de perfección. En él hallaba el libro ideal, la prosa perfecta... y no logro, no logro recordar ni una sola frase.
Y entonces caí en la cuenta.
No debía recordarla, debía crearla.
Aquella prosa que me parecía tan, tan superior; tan distante de mis humildes frasecitas de entonces, había nacido en mi cabeza. Si era un sueño, si era mi sueño, aquella visión la había creado yo en su totalidad, libro incluido.
Aquellas frases estaban en mi cabeza, yo les había dado vida. ¿Pero cómo, cómo hacer que se mostraran?
Era capaz de escribir así, pero sólo en sueños. ¿Cómo, cómo volver los sueños realidad?

domingo, 15 de febrero de 2009

Carta al desengaño

Desde aquél viernes 13, desde los extraños y algo indignantes sucesos que acompañaron a aquél día de mi vida, tenía pensado escribir una crítica larga, ácida y encarnizada, algo más condimentada que las que ya se han comenzado a hacer propias de mi humilde bitácora.

Pero no, he cambiado de opinión. Dejaremos ese post para otro día, porque ahora tengo otras prioridades.

Amigo mío:

No hay escritor que se precie que no haya hablado del amor. Es curioso ver como algo tan mundano, tan común, tan natural; es descrito de formas tan dispares y es un tema tan habitual en los libros y películas que llenan nuestras cabezitas de sueños e ilusiones.

Como ser humano que soy, creo en el amor; aunque no en el amor eterno. Quién sabe si mi vida me llevará a la negación o a la confirmación de esta creencia, pero comenzar con el escepticismo ahorra decepciones. No obstante, creo que la ilusión por hallar a aquella mitad de tu persona que debe hacerte sentir completo es algo que, simplemente, necesitamos. ¿Por qué seguimos viviendo las personas? Los motivos, lo sé, son distintos en cada caso; pero más que un simple instinto de supervivencia... ¿No es que, simplemente, nos invade ese pensamiento que nos dice "no puedo morir todavía"?

¿Y por qué no? Porque todavía sentimos que nos falta algo por hallar, que aún tenemos algo que hacer. ¡La eterna búsqueda! La eterna necesidad. Yo ansio el amor como toda persona; lo necesito como necesito a mis pequeñas letras. Es por eso, amigo mío, que me apena leer que ya esa ilusión tuya no existe. ¿No sería más hermoso, más esperanzador, pensar que lo vivido hasta ahora ha sido poco más que un capítulo más de tu existencia? Una página que pasas para hallar otra nueva que escribir. ¡Escribir, amigo mío! Esa pasión que compartimos. ¿Quemarás tu cuaderno a mitad redactar por un sólo párrafo mal escrito?

Vivo en una ciudad en la que es fácil cruzarse con cientos, quizá miles de personas cada día. Muchas veces, cuando estoy en una calle repleta de gente, me quedo unos minutos contemplando la multitud. Incluso aunque llegue la hora de marcharse, espero unos segundos más a apartar la mirada de la masa de gente.

"¡Espera, espera! Un minutito más, sólo uno más. ¿Y si justo cuando me doy la vuelta aparece?"

Vivo con la absurda idea de que en cuanto vea a alguien especial para mí, lo sentiré al instante, nada más mirarle. Llámame ilusa, pero hasta estos días, me ha funcionado siempre. Mis mejores amigos, aquellos incluso algo más especiales... supe que lo serían desde el momento de intercambiar la primera mirada. Lo sentí contigo, pese a estar rodeado de extraños, pese a ese reloj sonando a mis espaldas, intentando entretenerme mientras te buscaba frente al templo de Asakusa.

Vivo con esa emoción, con esa... llámale ilusión, de hallar cualquier día a la persona especial entre las especiales, a aquella que cambiará mi vida. Quizás, si esta eterna búsqueda no existiese en mi vida, me sentiría tan vacía como si faltase en ella un cuaderno en el que escribir. Quizás me faltaría algo tan vital, tan necesario como el mismo respirar.

Amigo mío, ¿Dejarías de respirar?

domingo, 30 de noviembre de 2008

4:14 am

No me olvidaré nunca de aquél día de tantos, trabajando en aquél restaurante de tantos, en el núcleo del núcleo de aquella ciudad, con aquella gente maravillosa.
Aquella tarde era como siempre. Atendía el hall mientras tiraba de aquella camisa color crema que, según qué días, me quedaba más corta que otros. Esa tarde respondía a uno de los días en los que era demasiado escueta.
Aunque lo cierto era que pensaba miles, miles de cosas. En uno de ésos días en que había poca clientela, yo sentía que no podía perder el tiempo. Durante los ratos de quedarse de pie y limitarse a observar el no tan extenso panorama, yo pensaba. Pensaba mucho y en muchas cosas.

- Nana, vete al descanso.

¡Bien! Al fin. Correteé por el corto pasillo hacia el altillo donde se hallaba la pequeña salita de descanso, con el techo demasiado bajo como para mantenerse erguido en ella.
Me dejé caer sobre la única superfície acolchada del lugar (pues llamarle sofá sería muy osado) y miré a la otra persona que había allí. Una persona con la que no había hablado nunca.

El señor Watanabe. Un anciando de aspecto benevolente y muy, muy callado. Trabajaba en la cocina, en silencio continuo; descansaba en esa sala con un libro en las manos, en silencio continuo.
De hecho, vivía siempre con un libro y en silencio continuo.
"Si algún día te dice algo... no le hagas mucho caso, ya sabes, es el típico yayo pesado". Eso es lo único que había oído de él. Obviamente no de sus labios.

- Hoy te noto alterada. ¿Tienes algo en la cabeza?

Un momento. ¿Me estaba hablando a mí? No había alzado la mirada de aquél libro, y seguía indiferente, con su gorro de cocina todavía en la cabeza. Su uniforme de inmaculado blanco, sentado en una banqueta de hojalata. Clavaba sus oscuros ojos en las páginas alumbradas por la mortecina lámpara; ojos ya poco visibles tras aquellas gruesas gafas.

- Muchas cosas- Respondí tras asegurarme de que sus valiosas palabras se dirigían realmente a mi persona.

Me sentí halagada. Los diamantes son caros por su escasez (o eso nos hacen creer), por lo que creí que debía apreciar su atención más que la de cualquier otra persona.

- ¿Alguna preocupante?

Medité.

- ...No lo sé.

Pasó la página, suspiró... y leyó varios párrafos antes de responder.

- Hay... un árbol, en el centro del centro del parque de Yoyogi. Es el más grande de los pocos que hay enmedio de la zona de césped. Es enorme, con unas ramas que se extienden en todas direcciones.

Supuse que su silencio me invitó a asentir.

- Sí. Lo conozco.

Continuó tras mi afirmación.

- Siéntate bajo él, apoyando tu espalda en el tronco, y observa las hojas que revolotean por encima de tu cabeza. Mira las tupidas ramas que te impidan ver el cielo, y contempla las hojas que se interpongan en tu vista.

Le miré otra vez, esperando a que continuase.

- Cuéntalas. Una a una. Cuenta las hojas del árbol, y lleva la cuenta en tu cabeza, sin pensar absolutamente en nada más. Si mientras lo haces, un sólo pensamiento te asalta o interrumpe... sabrás entonces que ese pensamiento te está perturbando, y que debes olvidarlo, pues no te traerá nada bueno.




¡Estúpidos de nosotros! Que despreciamos a aquellos que tienen tanto, tanto que decirnos. Tanto en Japón como en este país menospreciamos aquello que consideramos antiguo, lo tachamos de obsoleto y absolutamente falto de sentido.
Nos creemos mejores, más modernos, más preparados, más capaces.
Me pregunto cuántos jóvenes del mundo actual serían capaces de contar las hojas del árbol.
Lo peor es que no creo que los pensamientos que les asaltasen fuesen asuntos de gran importancia, sino cosas triviales y completamente vacuas.
Ojalá. Ojalá pudiésemos contarlas, de la primera a la última.

martes, 18 de noviembre de 2008

No interesa

Ando en mi primera época de trabajos/ exámenes de mi vida universitaria, y la experiencia no resulta demasiado agradable. Aun así, abandonar el blog no es algo que conste en mis planes, así que he decidido crear un híbrido entre actualizar + mis trabajos.

Esto es, poneros un trabajo que hice hace unos días, pues me resultó bastante interesante.

Se trataba de comentar una fotografía elegida al azar y plasmar nuestra opinión sobre ella, en un estilo bastante... literario. Yo elegí esta, y espero que os guste el texto. Es algo bastante en mi línea.





Esta foto de Yonathan Weitzman, un fotógrafo israelí, ganó el primer premio del World Press Photo 2008, en la categoría People in the news.

En ella observamos el vestido de una chica africana, que cuelga del alambre de espino de la frontera entre Israel y Egipto. Según los datos que la fotografía adjuntaba en la página web que la galardonaba, durante los años 2007 y 2008, muchísimos huidos del conflicto en el área de Darfur, en Sudan, cruzaron la frontera ilegalmente buscando asilo en Israel, llegando muchos de ellos a instalarse en Egipto. Al parecer, el gobierno de éste país comenzó a endurecer entonces su política con respecto a la inmigración ilegal, lo cual implicó también una mayor severidad y violencia hacia aquellos que intentasen cruzar sus fronteras clandestinamente.

Este último factor hace de la fotografía que vemos algo todavía más conmovedor. He observado decenas de galardonadas en el mismo premio, pero el contraste de esta foto, los dos conceptos opuestos que representa, resultan conmovedores e impactantes a ojos de cualquiera. Eso es lo que me ha motivado a escogerla.

No es difícil notar las dos fuerzas que dominan en esta fotografía. Sin ir más lejos, el hecho de que esté en blanco y negro, el hecho de que el vestido blanco brille, reluzca con fuerza enredado en el alambre de espino tras el oscuro fondo nos da una pista sobre su significado. Detecto un claro choque de todo lo suave, delicado, frágil y dulce que el vestido representa; con la violencia, dureza, resistencia y frialdad que el alambre del que se encuentra preso nos transmite. No me cuesta nada observar una contraposición de la inocencia con la guerra, del bien y del mal. La fina tela del vestido, su vaporosa y hermosa ropa se enreda, se engancha, se desgarra con las púas y cuchillas del frío metal. Es el corazón humano contra el horror de la guerra, es la vida y la destrucción; un ying y un yang evidentes, apreciables a simple vista.

Comienzo a plantearme quién llevó aquél vestido. ¿Cruzó la chica sola aquella frontera, ignorando los peligros que corría? ¿O lo hizo en compañía de su familia o de un gran grupo de gente? ¿Lo hizo de noche o a plena luz del día? Sea como fuere, ella, sola o acompañada, se opuso al poder, se opuso a las opresiones, y no temió saltar aquella frontera. No le importaron las cuchillas de los alambres, no le importaron las una o diez cicatrices que pudiesen quedarle tras el asalto, ella quería cruzar a toda costa. Podía perder el vestido, podía perder incluso la vida, pero para ella cruzar era lo más importante, tenía más peso que cualquier otra cosa en el mundo. Así de desesperada podía haber llegado a estar. Por la vegetación que observamos alrededor, y por el concepto que todos tenemos de una frontera, no puedo evitar plantearme si su paso hacia Egipto fue mucho más que el saltar aquella valla; fue atravesar el desierto de ambos lados, el sobrevivir a la travesía, pues no puedo concebir a una chica que salta una frontera ilegalmente, llegar a esta cómodamente en coche o todoterreno. Es posible que caminase decenas de quilómetros, que llegase a su objetivo deshidratada, cansada y angustiada, pero que eso no le privase de saltar de todas maneras.

¿Y llegó a cumplir su objetivo? ¿Llegó al otro lado o fue descubierta y aniquilada? No sólo en el momento de cruzar, si no en cualquier otro. ¿Se tuvo que quedar en Israel, vive ahora felizmente en Egipto, o yace ya a tres metros bajo tierra? También he dado por supuesto que se trataba de una chica, pero quizá era una mujer adulta, con su marido e hijos, que quizá perdió a alguien el día del asalto a la frontera. Infinitas son las preguntas que podemos hacernos sobre ella, sobre su origen y su destino, sobre su vida o muerte actuales… e incluso sobre su existencia.

Porque, ¿Quién nos dice que nadie puso ese vestido ahí intencionalmente? Podría ser que todo esto no fuese más que uno de tantos montajes para arrancarnos unas lagrimitas, un burdo plan para hacernos conmover. Podría ser que resultase que los trapos y camisas que cuelgan de los alambres son en la realidad despojos rotos y ensangrentados, lo único que queda ya de sus antiguos portadores. Quizá nada hay de vaporoso, bonito e inmaculado ya en aquellas fronteras, no hay vestidos blancos, sólo dolor; restos de camisetas oscuras, sucias y casi desintegradas, que se mecen con el viento, olvidadas por las personas y por las cámaras, pues nadie se conmueve con un trapo sucio que huele a muerte y a putrefacción, pero sí con el vestido blanco. Los trapos ensangrentados no ganan premios, pero sí el delicado y puro vestido blanco.



P.D: Los lectores de gaiden tienen sorpresita.

viernes, 25 de julio de 2008

The Sky Crawlers

Hoy va, mira por donde, de una película (o novela en su defecto). Ya era hora que hiciese algún review de vez en cuando.

Descubrí (resumiendo, es una larga historia) la existencia de éste título debido a que muy pronto, de mano de Mamoru Oshii (director de la película de Ghost in the Shell), iba a estrenarse una película de anime basada en la novela homónima de Hiroshi Mori.

Descubrí mas tarde (veis que descubro muchas cosas xD), que no es un libro sinó cinco los que existen sobre ésta historia, y que la película está basada en uno de ellos. Puedes leerlos en el orden que quieras y seguir entendiendo la historia, así que decidí hacerme con uno (distinto al de la película, por que si no vaya gracia). Ésta es actualmente mi lectura del tren.

Resumiendo muy muy muy básicamente, el argumento principal trata de una guerra en la que participan chicos jóvenes como pilotos, que tienen la peculiaridad de que no envejecen; viven por siempre o como dicen ellos, "No morimos hasta que nos matan en el cielo".
Ésto plantea muchos discursos (brillantes por parte del autor), sobre por ejemplo... ¿De qué le sirve al ser humano envejecer o querer madurar si uno puede morir al día siguente? O simplemente cuestiones tan básicas sobre qué significa realmente la vida o qué sentido tiene seguir viviéndola.

Os pongo el tráiler de la película (el corto, los hay hasta de 5 minutos):



Y para acabar, mi humilde traducción de la primera página que me encontré al abrir el libro; que os ayudará un poco a entender en el ambiente más bien oscurillo de la historia.

Si quieres ver lo más hermoso.
Si quieres sentir que estás vivo.
No hay una muerte más hermosa que ésa.

Aquellos que derraman lágrimas en tiempos de revolución,
sólo aquellos que conocen el olor de la sangre, gritan.
Espera, que te mostraré ahora
cómo te agarro del cuello con éstas manos.

Todas las cosas de éste mundo construídas de puras mentiras
destrúyelas, cultívalas
y reinventa entonces una raza maravillosa.

Tan sólo las personas que luchan
pueden palpar, aunque sea un poco
más allá de las fantasías del ser humano.
Todos los demás
aquellos que se llaman "adultos"
no son más que una imagen artificial, basura podrida.

¿Tú también eres basura?

Si quieres comprobarlo, lucha.
Si quieres saber quién demonios eres,
lucha hasta la muerte.

Antes de que quiebres, antes de caer.



Espero ver la peli pronto, y a ver qué tal =) Me gustaría que hiciese justicia al libro, pero éso lo veremos cuando salga aquí el 2 de Agosto... y en España... vete a saber cuando.