Caminando al trote por la vida, escuchando a toda velocidad unas voces que me siempre empezaban con un "¡Con lo joven que eres...!"; ahora, a su tiempo, aprendo de la vida:
No es la cuestión que lo que deseemos se vuelva realidad o no finalmente.
Lo importante es que suceda en el momento y lugar idóneos para que ocurra.
Porque te das cuenta de que un premio en la situación inadecuada puede resultar tan improductivo como un puñado más de nieve en el Antártico o uno de arena en el desierto.
martes, 2 de febrero de 2010
miércoles, 20 de enero de 2010
Difuminada estampa
Parece mentira que ya comiencen a difuminarse las antes vívidas imágenes que prometí grabar en mis retinas para siempre...
Ya casi se me echa la noche encima en Shinkoiwa. Con una bicicleta de color magenta oscuro, con el cestito abollado de tantos golpes, hago tintinear las cadenas, haciendo equilibrismo sobre una estrechísima carretera sin aceras, como si fuese un pasillo entre dos casas que, tímidas, nunca se han atrevido a unirse en una sola.
Hace calor, mucho calor. Las cigarras completan el ambiente con el anaranjado tono del crepúsculo de verano, y se oyen las campanillas resonar desde las ventanas con la suave brisa que trae el río Edo.
¡El río Edo! Allí voy, a tomar el aire antes de que anochezca, pero como siempre... voy algo tarde.
Bajo la autopista elevada que se alza enmedio del río, veo a un hombre rechoncho recogiendo unas cañas de pescar. Me mira por debajo de su desgastada gorra roja y sonríe:
- ¡Gaijin-san! Llegas un poco tarde para contemplar las vistas, está anocheciendo.
- No señor, ¡precisamente llego en el mejor momento!
Sí... cuando las luces de las casitas se reflejan en el agua, enmarcadas por los altos juncos.
- Ya bueno... quizás la noche sea hermosa en el Edogawa, pero deberías verlo de día también.
- No se preocupe, señor... tengo toda una vida.
Te echo de menos, Shinkoiwa.
Ya casi se me echa la noche encima en Shinkoiwa. Con una bicicleta de color magenta oscuro, con el cestito abollado de tantos golpes, hago tintinear las cadenas, haciendo equilibrismo sobre una estrechísima carretera sin aceras, como si fuese un pasillo entre dos casas que, tímidas, nunca se han atrevido a unirse en una sola.
Hace calor, mucho calor. Las cigarras completan el ambiente con el anaranjado tono del crepúsculo de verano, y se oyen las campanillas resonar desde las ventanas con la suave brisa que trae el río Edo.
¡El río Edo! Allí voy, a tomar el aire antes de que anochezca, pero como siempre... voy algo tarde.
Bajo la autopista elevada que se alza enmedio del río, veo a un hombre rechoncho recogiendo unas cañas de pescar. Me mira por debajo de su desgastada gorra roja y sonríe:
- ¡Gaijin-san! Llegas un poco tarde para contemplar las vistas, está anocheciendo.
- No señor, ¡precisamente llego en el mejor momento!
Sí... cuando las luces de las casitas se reflejan en el agua, enmarcadas por los altos juncos.
- Ya bueno... quizás la noche sea hermosa en el Edogawa, pero deberías verlo de día también.
- No se preocupe, señor... tengo toda una vida.
Te echo de menos, Shinkoiwa.
¿Miedo?
Últimamente mi vida ha tomado una estabilidad, una forma tan definida (y tan hermosa), que me cuesta escribir sobre estímulos concretos, pues mis letritas y yo nos despertamos cada vez que, entre la superfície lisa, vemos sobresalir la punta de un clavo que obstruye el camino y que altera el tacto. Lo investigamos, lo intentamos comprender... y luego le contamos al mundo que existe tal clavo.
Pero, ¿sabéis que pasa? Que últimamente esa superfície lisa no sólo no tiene imperfecciones, sino que patina, me prácticamente obliga a deslizarme sobre ella a toda velocidad. Es casi perturbador cuando sientes que tu única obligación es dejar que las cosas fluyan y sigan su curso natural. Lo de perturbador viene, básicamente, porque te sientes un poco inútil. Piensas "Jo, ¿no hay nada que arreglar?"
No, Nana. Ya está todo. Ya has terminado, ahora siéntate, relájate... y disfruta un poquito. Es entonces, en el momento en que te sientas sonriente a descansar... cuando surge algo nuevo, el "estímulo" de mis letritas: El miedo.
Los que bien me conocen saben que yo no temía a nada en la vida. Cuando digo nada... quiero decir na-da. Ni a la muerte, ni a la soledad, ni a la excesiva compañía (que es destructora dinamita para alguien que ama crear)... ni a nada. Me marchaba sola a la otra punta del mundo con menos años de los que podía contar con todos los dedos de mis manos y mis pies, y no miraba atrás. Ahora, tres años después, marcharme de nuevo me causa un poco de congoja: Sí, es el miedo.
Miedo a perder lo que una ha construido, el castillo con torres y puentes levadizos que no sólo ha alzado piedra por piedra, sino que encima ha defendido de malhechores y malvados dragones. "Nana... ¿y si te marchas y alguien destuye tu castillito?" Y no hablo de este blog ni de mí misma como individuo, no... hablo de mi vida diaria, de lo que pasa frente a mis ojos desde que los abro hasta que los cierro: Ese es mi Imperio. Es humilde, no tiene mucha población ni grandes extensiones de tierra, pero lo adoro con toda mi alma.
Hay una diferencia crucial entre el momento en que me marché al Sol Naciente y el de ahora: Cuando me fui hace ya casi tres años, deseaba desconectar del universo en el que vivía más que nada en el mundo. Quería dejar de ver cada día el mismo sitio que de alguna manera aborrecía, y deseaba conocer ambientes nuevos que me trajesen todo aquello que sabía que debía conocer. Ahora, en cambio... se trata de un cambio tajante e incisivo (que no indeseado, pues prevalece el ansia de aprender) en una rutina que quiero conservar. Ahora, querido diario... me costará un poco no mirar atrás.
Y entonces pienso... ¿De qué hay que asustarse? ¡Si yo misma construí los muros del castillo! Sé que no van a derrumbarse a la primera, ya me aseguré de ello. Y si por un casual se cayesen... los reharía aún mejores. Quizás todo lo que encuentre en esa pequeña isla tan alejada de esta ciudad me enseñe cosas con las que sentiré que no podría haber avanzado jamás... Y que renunciar a una experiencia así, como bien dije hace unos posts, nunca sería mi estilo. Porque, con hermosa rutina o sin ella y me creas o no, tú que me lees... soy la misma de siempre.
P.D: Siento si me he puesto demasiado filosófica hoy, tenía ganas de vomitar metáforas :P
Pero, ¿sabéis que pasa? Que últimamente esa superfície lisa no sólo no tiene imperfecciones, sino que patina, me prácticamente obliga a deslizarme sobre ella a toda velocidad. Es casi perturbador cuando sientes que tu única obligación es dejar que las cosas fluyan y sigan su curso natural. Lo de perturbador viene, básicamente, porque te sientes un poco inútil. Piensas "Jo, ¿no hay nada que arreglar?"
No, Nana. Ya está todo. Ya has terminado, ahora siéntate, relájate... y disfruta un poquito. Es entonces, en el momento en que te sientas sonriente a descansar... cuando surge algo nuevo, el "estímulo" de mis letritas: El miedo.
Los que bien me conocen saben que yo no temía a nada en la vida. Cuando digo nada... quiero decir na-da. Ni a la muerte, ni a la soledad, ni a la excesiva compañía (que es destructora dinamita para alguien que ama crear)... ni a nada. Me marchaba sola a la otra punta del mundo con menos años de los que podía contar con todos los dedos de mis manos y mis pies, y no miraba atrás. Ahora, tres años después, marcharme de nuevo me causa un poco de congoja: Sí, es el miedo.
Miedo a perder lo que una ha construido, el castillo con torres y puentes levadizos que no sólo ha alzado piedra por piedra, sino que encima ha defendido de malhechores y malvados dragones. "Nana... ¿y si te marchas y alguien destuye tu castillito?" Y no hablo de este blog ni de mí misma como individuo, no... hablo de mi vida diaria, de lo que pasa frente a mis ojos desde que los abro hasta que los cierro: Ese es mi Imperio. Es humilde, no tiene mucha población ni grandes extensiones de tierra, pero lo adoro con toda mi alma.
Hay una diferencia crucial entre el momento en que me marché al Sol Naciente y el de ahora: Cuando me fui hace ya casi tres años, deseaba desconectar del universo en el que vivía más que nada en el mundo. Quería dejar de ver cada día el mismo sitio que de alguna manera aborrecía, y deseaba conocer ambientes nuevos que me trajesen todo aquello que sabía que debía conocer. Ahora, en cambio... se trata de un cambio tajante e incisivo (que no indeseado, pues prevalece el ansia de aprender) en una rutina que quiero conservar. Ahora, querido diario... me costará un poco no mirar atrás.
Y entonces pienso... ¿De qué hay que asustarse? ¡Si yo misma construí los muros del castillo! Sé que no van a derrumbarse a la primera, ya me aseguré de ello. Y si por un casual se cayesen... los reharía aún mejores. Quizás todo lo que encuentre en esa pequeña isla tan alejada de esta ciudad me enseñe cosas con las que sentiré que no podría haber avanzado jamás... Y que renunciar a una experiencia así, como bien dije hace unos posts, nunca sería mi estilo. Porque, con hermosa rutina o sin ella y me creas o no, tú que me lees... soy la misma de siempre.
P.D: Siento si me he puesto demasiado filosófica hoy, tenía ganas de vomitar metáforas :P
sábado, 2 de enero de 2010
Libreta en blanco
¡Bueno! Estrenamos 2010. No hace falta decir eso de "feliz año nuevo a todos"...
AVISO: El siguiente texto no es más que un seguido de reflexiones tontas sin orden establecido.
Mi 2009 empezó sumamente mal (carrera que detestaba, añoranza japonesa, amistades trastocadas...) y terminó sumamente bien (gente MARAVILLOSA, un nuevo comienzo estudiantil y un nuevo hogar). ¡Mejor que nunca!, más bien dicho. La clave ha estado en quitarse pesos de encima (algunos muy GORDOS), en lugar de buscar añadir ese no-se-qué que pensamos que le falta a nuestra vida. Resumiendo... sintetizar, no complicar las cosas.
Este año va a ser un nuevo cambio. Supongo (aunque ya se sabe que nunca se puede suponer nada, porque la vida da muchas vueltas...) que se parecerá bastante al 2007: Un año que sabe a despedida. Seguramente todo lo que haga y diga lo haré con esa penita en el fondo del pecho, pensando en que vuelvo a marcharme.
Porque... ¡Taiwan! Qué agradable sorpresa el poder viajar de nuevo para quedarme a largo plazo. Adoro ese sentimiento, esa "purificación" de volver a empezar de cero en otra parte, por mucho que sepas que has de volver... Sí que me da miedo tener que volver a pasar por ese horroroso trance que es la readaptación una vez se vuelve a casa... pero espero que valga la pena.
Muchas cosas me quedan por vivir, muchas más por explicar. Espero contar con vosotros un año más.
Nana
AVISO: El siguiente texto no es más que un seguido de reflexiones tontas sin orden establecido.
Mi 2009 empezó sumamente mal (carrera que detestaba, añoranza japonesa, amistades trastocadas...) y terminó sumamente bien (gente MARAVILLOSA, un nuevo comienzo estudiantil y un nuevo hogar). ¡Mejor que nunca!, más bien dicho. La clave ha estado en quitarse pesos de encima (algunos muy GORDOS), en lugar de buscar añadir ese no-se-qué que pensamos que le falta a nuestra vida. Resumiendo... sintetizar, no complicar las cosas.
Este año va a ser un nuevo cambio. Supongo (aunque ya se sabe que nunca se puede suponer nada, porque la vida da muchas vueltas...) que se parecerá bastante al 2007: Un año que sabe a despedida. Seguramente todo lo que haga y diga lo haré con esa penita en el fondo del pecho, pensando en que vuelvo a marcharme.
Porque... ¡Taiwan! Qué agradable sorpresa el poder viajar de nuevo para quedarme a largo plazo. Adoro ese sentimiento, esa "purificación" de volver a empezar de cero en otra parte, por mucho que sepas que has de volver... Sí que me da miedo tener que volver a pasar por ese horroroso trance que es la readaptación una vez se vuelve a casa... pero espero que valga la pena.
Muchas cosas me quedan por vivir, muchas más por explicar. Espero contar con vosotros un año más.
Nana
jueves, 17 de diciembre de 2009
Desagradecidos
Hoy me he topado con algo que me ha hecho poner esa sonrisa que mis amigos definen como la de "las ganas de matar". Va siempre seguida de una pequeña carcajada fingida y un resoplidito de autocontrol. No la pongo a menudo, sólo cuando llego a casa y veo que mis compañeros de piso no han fregado los platos de la cena (de hace dos días), cuando el autobús de cada mañana se marcha aún consciente de que corro detrás de él, cuando miro mi algo desértica agenda y descubro a las once de la noche que tenía un texto que leer para el día siguiente y para el cual la definición "extenso" se quedaría en eufemismo... etcétera etcétera.
Me han enviado una invitación en una de esas redes sociales tan populares últimamente. "Invitación" suena bien, pero era de algo que, al primer golpe, me ha parecido una broma.

Me han enviado una invitación en una de esas redes sociales tan populares últimamente. "Invitación" suena bien, pero era de algo que, al primer golpe, me ha parecido una broma.

"Día internacional de saltarse las clases"
Ale, y se quedan tan anchos. Por lo visto pretenden que el día veinticinco de febrero, todo alumno de todo rincón del planeta no vaya a clase por el simple y exclusivo motivo de que no le da la gana. Nada más.
No me quedan abuelos vivos, por desgracia, pero sí quedan vivas en mi mente sus palabras. Uno de ellos, me dijo una y otra vez que jamás desaprovechase la oportunidad de estudiar, que poder ir a la escuela, al bachillerato, a la universidad e incluso más allá fue algo inconcebible para él. Y no hablo sólo del pasado, hablo de que incluso hoy en día hay decenas de países donde los jóvenes y no tan jóvenes no pueden abrir un libro... porque ni siquiera los tienen.
Ni libros, ni aulas, ni pupitres, ni profesores, ni lápices, ni libretas a cuadros, ni cinta correctora en carcasa de colorines, ni sacapuntas con doble agujero, ni estuches pintados ni rotulador permanente con el que pintarlos, ni mochilas renovadas cada año ya sea con ruedines, clásicas o bandoleras, ni batas para no ponerse perdido ni témpera o acuarela con las que mancharlas, ni agenda donde apuntarse los deberes, ni folios para que el profesor les entregue esos deberes, ni pegamento en barra, ni tijeras, ni corcho, ni lápices de colores, ni "plastidécors", ni gomas de borrar ni carpetas ni forro autoadhesivo.
Ya no hablemos del autobús escolar, ni del ordenador de marras. Incluso hay gente que no tiene ni unos padres para que les chillen: ¡Haz el favor de levantarte e ir a clase!
¿Qué conclusión saco? Que somos unos desagradecidos. Podemos ir a clase sin mover un dedo, hasta secundaria ni siquiera hacemos el esfuerzo de aprender algo y miramos por la ventana mientras nos explican la lección, creyendo que ya lo sabemos todo. Cuando llegamos a la universidad, faltamos a clase deliberadamente, gruñimos con la mejilla sobre la mesa de la cafetería de la facultad que no nos interesa lo que estudiamos mientras se enfría nuestro café, eso sí, "universitario". Cuando vamos por la calle lucimos la carpeta con el logo de nuestra universidad con orgullo, como un "mírame, sé más que tú", al desconocido posiblemente doctorado que nos pasa por delante. De eso nos sirve.
Conozco a gente que emplea todo lo que gana en pagarse los estudios, que celebra cada beca o ayuda que pueda percibir para seguir adelante. Gente que cree en lo que hace, que ama lo que estudia y que lucha por ello. Ojalá en el mundo, antes de dejarte entrar en una universidad, evaluasen hasta qué punto vas a dar lo mejor de ti por esa carrera.
En mi clase actual empezamos más de ochenta personas. Yo, los días normales, no veo a más de cincuenta rondar por las aulas. Eso sí, el veinticinco de febrero todos a hacer novillos, que somos más chulos que nadie y seguro que el mundo entero admirará y aplaudirá nuestra iniciativa.
No me quedan abuelos vivos, por desgracia, pero sí quedan vivas en mi mente sus palabras. Uno de ellos, me dijo una y otra vez que jamás desaprovechase la oportunidad de estudiar, que poder ir a la escuela, al bachillerato, a la universidad e incluso más allá fue algo inconcebible para él. Y no hablo sólo del pasado, hablo de que incluso hoy en día hay decenas de países donde los jóvenes y no tan jóvenes no pueden abrir un libro... porque ni siquiera los tienen.
Ni libros, ni aulas, ni pupitres, ni profesores, ni lápices, ni libretas a cuadros, ni cinta correctora en carcasa de colorines, ni sacapuntas con doble agujero, ni estuches pintados ni rotulador permanente con el que pintarlos, ni mochilas renovadas cada año ya sea con ruedines, clásicas o bandoleras, ni batas para no ponerse perdido ni témpera o acuarela con las que mancharlas, ni agenda donde apuntarse los deberes, ni folios para que el profesor les entregue esos deberes, ni pegamento en barra, ni tijeras, ni corcho, ni lápices de colores, ni "plastidécors", ni gomas de borrar ni carpetas ni forro autoadhesivo.
Ya no hablemos del autobús escolar, ni del ordenador de marras. Incluso hay gente que no tiene ni unos padres para que les chillen: ¡Haz el favor de levantarte e ir a clase!
¿Qué conclusión saco? Que somos unos desagradecidos. Podemos ir a clase sin mover un dedo, hasta secundaria ni siquiera hacemos el esfuerzo de aprender algo y miramos por la ventana mientras nos explican la lección, creyendo que ya lo sabemos todo. Cuando llegamos a la universidad, faltamos a clase deliberadamente, gruñimos con la mejilla sobre la mesa de la cafetería de la facultad que no nos interesa lo que estudiamos mientras se enfría nuestro café, eso sí, "universitario". Cuando vamos por la calle lucimos la carpeta con el logo de nuestra universidad con orgullo, como un "mírame, sé más que tú", al desconocido posiblemente doctorado que nos pasa por delante. De eso nos sirve.
Conozco a gente que emplea todo lo que gana en pagarse los estudios, que celebra cada beca o ayuda que pueda percibir para seguir adelante. Gente que cree en lo que hace, que ama lo que estudia y que lucha por ello. Ojalá en el mundo, antes de dejarte entrar en una universidad, evaluasen hasta qué punto vas a dar lo mejor de ti por esa carrera.
En mi clase actual empezamos más de ochenta personas. Yo, los días normales, no veo a más de cincuenta rondar por las aulas. Eso sí, el veinticinco de febrero todos a hacer novillos, que somos más chulos que nadie y seguro que el mundo entero admirará y aplaudirá nuestra iniciativa.
martes, 15 de diciembre de 2009
Ojos vendados
A veces me sorprendo, estudiando lo que estudio, de lo mucho que desconozco. Si sí está claro que la lección más grande que he aprendido en mi vida es que no sé nada, en esta universidad me enseñan a darme cuenta de que desconozco incluso aquello de lo que creía saber algo.
Corea del Norte.
Pinta mal, ¿eh? Comunista, cerrada, belicosa y resentida. Hermética, atrasada, intransigente, desafiante e individualista... Eso lo que llega a nuestros oídos.
Empiezo libro sobre este país. Se titula "El país del Presidente Eterno". Antes de empezar a leer, me pregunto el por qué de ese nombre. Desde el primer capítulo me aclaran la duda.
Corea del Norte.
Pinta mal, ¿eh? Comunista, cerrada, belicosa y resentida. Hermética, atrasada, intransigente, desafiante e individualista... Eso lo que llega a nuestros oídos.
Empiezo libro sobre este país. Se titula "El país del Presidente Eterno". Antes de empezar a leer, me pregunto el por qué de ese nombre. Desde el primer capítulo me aclaran la duda.
"Corea del Norte es el único país del mundo donde el título de presidente lo ostenta un difunto. El Gran Líder, Kim Il Sung, falleció el 8 de julio de 1994, casi medio siglo después de haber fundado la República Popular Democrática de Corea (RPDC). Su hijo Kim Jong Il, conocido como el Querido Líder, heredó las riendas del poder, pero rehusó atribuirse formalmente la etiqueta de presidente y en 1998 reformó la constitución para nombrar a su padre Presidente Eterno del País. "
Roger Mateos Miret
¿Curioso, eh? Yo por lo menos no lo sabía, y mira que parece ser una de las cosas más básicas sobre este país. Si ya desde el principio me sorprende de esta manera, vete a saber qué me espera leyendo este libro. Os mantendé informados para ver si, gracias al conocimiento, aprendemos a mirar a lo desconocido con unos ojos más allá de la mera desconfianza y el desinterés.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Carta a mi ancla
Cuando solicité marcharme muy, muy lejos de nuevo... Aún no te conocía.
Es curioso ver que se aproxima de nuevo el momento de irse. Ese tic-tac interno, esa inquietud de pensar que cada día estás más cerca del momento, que cada día estás más lejos de donde pones los pies.

¿Sabes que resultó lo más duro de irme al Sol Naciente? Volver.
Cuando vuelves, nunca nada es igual. Y no, no importa cuánto lo intentes... nunca más volverá a serlo. Nos marchamos creyendo que aquí el tiempo se detendrá, que todo el mundo te estará esperando con una sonrisa en la cara y con los brazos abiertos, pero lo cierto es que nadie se detiene en el camino a esperarte. Pero, eh... pensadlo bien, ¿si queréis a alguien con toda vuestra alma, querríais que se detuviese por vosotros? No, por lo menos yo no. Prefiero que avancen libremente, y yo... yo cuando vuelva ya les alcanzaré poco a poco.
¡Mi ancla! Que me mantiene sujeta a esta tierra con todo su peso, con toda su contundencia. No sólo es una, son muchas, muchísimas... Esos amigos que siempre han estado ahí, esa familia inmerecidamente maravillosa, esos nuevos amigos, esos descubrimientos sublimes, esos compañeros de piso, de vida y de risas.
Cuando me concedieron esa beca, firmé la aceptación instantáneamente, sin mirár atrás. Todos los que me conocen saben que si no lo hubiese hecho, hubiese dejado de ser yo. Pero, eh... ¡Qué duro! Qué duro separarme de ti, separarme de todos vosotros.

¡Taiwan, espérame! Vas a tener que ofrecerme mucho para paliar el desconsuelo de marcharme de aquí.
Es curioso ver que se aproxima de nuevo el momento de irse. Ese tic-tac interno, esa inquietud de pensar que cada día estás más cerca del momento, que cada día estás más lejos de donde pones los pies.

¿Sabes que resultó lo más duro de irme al Sol Naciente? Volver.
Cuando vuelves, nunca nada es igual. Y no, no importa cuánto lo intentes... nunca más volverá a serlo. Nos marchamos creyendo que aquí el tiempo se detendrá, que todo el mundo te estará esperando con una sonrisa en la cara y con los brazos abiertos, pero lo cierto es que nadie se detiene en el camino a esperarte. Pero, eh... pensadlo bien, ¿si queréis a alguien con toda vuestra alma, querríais que se detuviese por vosotros? No, por lo menos yo no. Prefiero que avancen libremente, y yo... yo cuando vuelva ya les alcanzaré poco a poco.
¡Mi ancla! Que me mantiene sujeta a esta tierra con todo su peso, con toda su contundencia. No sólo es una, son muchas, muchísimas... Esos amigos que siempre han estado ahí, esa familia inmerecidamente maravillosa, esos nuevos amigos, esos descubrimientos sublimes, esos compañeros de piso, de vida y de risas.
Cuando me concedieron esa beca, firmé la aceptación instantáneamente, sin mirár atrás. Todos los que me conocen saben que si no lo hubiese hecho, hubiese dejado de ser yo. Pero, eh... ¡Qué duro! Qué duro separarme de ti, separarme de todos vosotros.

¡Taiwan, espérame! Vas a tener que ofrecerme mucho para paliar el desconsuelo de marcharme de aquí.
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